


El miedo quiso desplegar su manto sobre las esquinas, que nadie se abrace.
Cambió la orquesta irregular de miles de andares que hacían la calle
por la marcha reverberante de las botas.
Las calles ya no son para encontrarse.
Tema a su vecino, a su compañero.
¿O usted sabe lo que puede estar haciendo en este momento?
El asesinato de las imágenes
Porque cuando se habla de Utopías, acá y en todo el mundo, no puede dejar de hablarse de los intentos de desarticulación, de las voluntades de desterrarlas de los imaginarios sociales, y del aparato desplegado para cumplir ese objetivo de muerte: fagocitar la capacidad de un pueblo de generar sus propias imágenes.
Porque hablar de utopía es indisociable de hablar de dictaduras, como un ejercicio de memoria, y porque esas dos palabras signaron la vida y la muerte de los que se levantaron y empuñaron sus biromes contra la maquinaria del miedo, esta nota está atravesada por ambos conceptos: Utopías y dictaduras.
La cara irreverente de nuestra historia, la que irrumpe, maleducada y llena de energía frente a la historia oficial, está escrita por los eternos vencidos, los que luchan toda la vida, los que recogen las palabras de los luchadores muertos en combate. Palabras vociferadas que quiebran el estado cristalizado del horror y la morbidez del espanto, palabras empuñadas para enfrentarse a la muerte, palabras que la verdadera historia alguna vez abrazará del todo.
La historia oficial es un discurso instalado que se adhiere cada vez más al saber a través de su reproducción, en el diseño curricular de las escuelas, en las prácticas de ciertas instituciones, en los discursos de ciertas figuras públicas referenciales, modeladoras de la opinión pública. En tanto circule, se imprima, se lea, se acate y se acepte la historia instituida, escrita por los ganadores eternos, menos posibilidades habrá de crear nuevas alternativas de mundo. De saber que esa posibilidad existe. Que se puede construir sin dejar a nadie afuera.
El aparato de muerte de la dictadura se vale sobre todo de la máquina mediática para instalar más profundamente el mensaje alienador. “No te metas”, “Silencio es salud”, “¿Usted sabe qué están haciendo sus hijos en este momento?”.
Porque no basta con matar, torturar, hacer y deshacer. Tampoco declarar flagrantemente la suciedad uniformada. Sólo basta con sembrar una pequeña certeza sobre algo que la sociedad quiere evitar creer. La gente se aliena y prefiere no ver, ser buen ciudadano, apostar a la seguridad antes que al peligro de saber y denunciar. Mejor no atreverse. Mejor dejarse transcurrir a través de los días, y si es en un escenario manchado con la sangre del vecino, se borrará con el tiempo. Seguro que andaba en algo.
Entonces se transmite un mensaje incompleto, que dispara una duda, y se completa subjetivamente al interpretar los hechos: La gente que de golpe desaparece, o se muere en un accidente.
El miedo se hace grande, paraliza, no puede hablarse ni nombrarse. Y al estar impedido el pueblo de poner nombres a las cosas, pierde la capacidad de dominio, de aprehensión. El miedo, así, no puede explicarse. No tiene una entidad establecida, de límites acotados. El miedo crece, es pánico, es horror, es peor que todo eso porque no tiene nombre. Avanza. Y cuando avanza, esa sensación inexplicable, innombrable, fuera del discurso, repercute en el discurso de lo que todavía puede nombrarse.
Empieza a fagocitar cualquier asomo de idea. Da miedo tener ideas, está mal. Crece la sensación de culpa, de que todo lo que se hace es incorrecto y subversivo. Crece también la sensación de sentirse vigilado por las paredes.
Las utopías nacen de las ideas, de la proyección, de imaginar un futuro construido entre todos, comunicado, socializado, hablado. Una dictadura discursiva intentará desactivarlas, empezando por establecer, dictaminar, que se puede decir y que no. Qué será vaciado de sentido, qué será expulsado del imaginario, proscripto en el lenguaje.
Este artículo simplemente fue un pobre intento de homenaje para esos luchadores atormentados de sentido que en la calle y en sus escritorios impidieron que las palabras se vacíen de significado.

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