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El mundo será de los Cronopios, o no será

sábado, 30 de junio de 2012

Las ciudades y la memoria








Más allá de seis ríos y tres cadenas de montañas surge Zora, ciudad que quien

la ha visto una vez no puede olvidarla más. Pero no porque deje, como otras

ciudades memorables, una imagen fuera de lo común en los recuerdos. Zora tiene la

propiedad de permanecer en la memoria punto por punto, en la sucesión de sus

calles, y de las casas a lo largo de las calles, y de las puertas y de las ventanas en las

casas, aunque sin mostrar en ellas hermosuras o rarezas particulares. Su secreto es la

forma en que la vista se desliza por figuras que se suceden como en una partitura

musical donde no se puede cambiar o desplazar ninguna nota. El hombre que sabe

de memoria cómo es Zora, en la noche, cuando no puede dormir imagina que camina

por sus calles y recuerda el orden en que se suceden el reloj de cobre, el toldo a rayas

del peluquero, la fuente de los nueve surtidores, la torre de vidrio del astrónomo, el

puesto del vendedor de sandías, el café de la esquina, el atajo que va al puerto. Esta

ciudad que no se borra de la mente es como una armazón o una retícula en cuyas

casillas cada uno puede disponer las cosas que quiere recordar: nombres de varones

ilustres, virtudes, números, clasificaciones vegetales y minerales, fechas de batallas,

constelaciones, partes del discurso. Entre cada noción y cada punto del itinerario

podrá establecer un nexo de afinidad o de contraste que sirva de llamada instantánea

a la memoria. De modo que los hombres más sabios del mundo son aquellos que

conocen Zora de memoria.

Pero inútilmente he partido de viaje para visitar la ciudad: obligada a

permanecer inmóvil e igual a sí misma para ser recordada mejor, Zora languideció,

se deshizo y desapareció. La Tierra la ha olvidado.




[Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles]

martes, 19 de junio de 2012


Morelliana

Pienso en los gestos olvidados, en los múltiples ademanes y palabras de los abuelos, poco a poco perdidos, no heredados, caídos uno tras otro del árbol del tiempo. Esta noche encontré una vela sobre una mesa, y por jugar la encendí y anduve con ella en el corredor. El aire del movimiento iba a apagarla, entonces vi levantarse sola mi mano izquierda, ahuecarse, proteger la llama con una pantalla viva que alejaba el aire. Mientras el fuego se enderezaba otra vez alerta, pensé que ese gesto había sido el de todos nosotros (pensé nosotros y pensé bien, o sentí bien) durante miles de años, durante la Edad del Fuego, hasta que nos la cambiaron por la luz eléctrica. Imaginé otros gestos, el de las mujeres alzando el borde de las faldas, el de los hombres buscando el puño de la espada. Como las palabras perdidas de la infancia, escuchadas por última vez a los viejos que se iban muriendo. En mi casa ya nadie dice "la cómoda de alcanfor", ya nadie habla de "las trebes" -las trébedes-. Como las músicas del momento, los valses del año veinte, las polkas que enternecían a los abuelos.
Pienso en esos objetos, esas cajas, esos utensilios que aparecen a veces en graneros, cocinas o escondrijos, y cuyo uso ya nadie es capaz de explicar. Vanidad de creer que comprendemos las obras del tiempo: él entierra sus muertos y guarda las llaves. Sólo en sueños, en la poesía, en el juego -encender una vela, andar con ella por el corredor- nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos.

domingo, 5 de febrero de 2012

Fordham, 1998



El sueño (si es que fue un sueño) requiere una explicación previa y algo prosaica. No sé inglés ni me gusta viajar. Por alguna razón, sin embargo, yo estaba en Fordham, que hoy es un barrio arbolado de Nueva York y en el siglo pasado fue algo así como un pueblo, un arrabal brumoso donde estuvo la casa de Edgar Poe.

Llegué a ese lugar de una manera algo abrupta, pero muy natural, al menos bajo las leyes que, anoche, regían el universo entre las araucarias y los pinos de mi casa de San Pedro. Cuando vi venir a Poe caminando hacia mí, me di cuenta inmediatamente de que era él, sin necesidad de reconocer su cara entre las sombras. Hablamos. La primera parte de nuestra conversación sucedió en castellano y luego fue derivando imperceptiblemente al inglés. Era el inglés de los sueños, no el de la gramática. Poe me hablaba, cortés y suavemente, sin que yo lo entendiera, y de tanto en tanto yo mismo intercalaba alguna observación cuyo significado me resultaba incomprensible, pero que parecía ser perfectamente clara para Poe, quien me escuchaba con serena cortesía. En una o dos ocasiones, mientras caminábamos, él bajó la cabeza y miró con gravedad el suelo, y yo pude notar que meditaba mis palabras. Cosa que me produjo una sensación ambigua. Por un lado, sentí casi con orgullo que también a mí me habría gustado comprender el sentido de mis atinadas observaciones; por el otro, temí que Poe notara en cualquier momento la impostura de mi inglés y descubriera que, en realidad, yo no estaba diciendo nada.

Llegamos a un pequeño puente de madera, que no cruzamos. Estábamos en un límite impreciso entre las afueras de Fordham y el parque de San Pedro, porque me pareció ver, sobre los árboles, la alta lucecita colorada de la antena del telesistema, que está a espaldas de mi casa. Cuando Poe se detuvo, comprendí con un poco de tristeza que nuestro encuentro estaba a punto de terminar. Vi, sobre una pequeña loma, del otro lado del puente, una casa de madera de dos plantas que me recordó un dibujo a pluma en un libro de Hervey Allen.
Esa es la casa donde escribió "El Cuervo", pensé, tal vez Virginia Clemm todavía esté allí.

Tuve, durante un segundo, la tentación de seguir adelante, cruzar con él y forzarlo de algún modo a que me invitara a visitar la casa, pero de inmediato sentí que mi inglés simulado no iba a ser capaz de sostener mucho tiempo más la situación.
Sé que ya en este momento yo había empezado a oír los versos.

Recuerdo con claridad haber pensado que Poe estaba murmurando, tal vez un poco obviamente, el poema asociado por mí con esa casa de madera. Me volví sonriendo hacia él para demostrarle que reconocía las palabras, cuando tuve la certeza de que aquello no era El Cuervo. Ni El Cuervo ni Ulalume ni Silencio ni La ciudad en el mar ni cualquier otro de los poemas que yo conocía de memoria en español y que, en rigor, son casi las únicas palabras cuyo sonido me siento capaz de reconocer en inglés. Entonces comprendí que toda nuestra conversación anterior había girado alrededor de un sólo asunto: los versos ideales, los versos del poema nunca escrito, esos versos que todo poeta siente que él pudo haber compuesto y que, por alguna razón secreta, Dios no permite que se escriban nunca. Supe (con incredulidad, después con agradecimiento, súbitamente con terror) que Poe me estaba recitando a mí esos versos, escandiéndolos, casi cantándolos en la noche, como una música indescifrable que yo nunca podría recobrar.

Cuando todo terminó, Poe sólo hizo una rápida inclinación de cabeza, me dio la espalda y cruzó el puente hacia su casa. Desde allá, sin darse vuelta, me saludó vagamente con la mano.

Abelardo Castillo, inédito.