domingo, 24 de enero de 2010
sábado, 23 de enero de 2010
Una de piratas
Cuando ve algo verde, el pirata se hace chiquito, muy chiquito.
Las damas se enternecen cuando lo ven paseando por los tablones enmohecidos del muelle. Los tripulantes del barco se le ríen al pobre pirata, cuando en medio de un saqueo lo ven huir de cualquier cosa verde. Ni una lima podía permanecer frente a la vista del temible pirata, ni una ensalada de lechugas, hasta el loro había sido desplumado de cualquier vestigio verde.
Lo cierto es que, dentro del barco, desde el rango más alto, hasta el grumete sin nombre, todos lo querían. Y resulta comprensible: siempre se quiere al artífice de las carcajadas en esos viajes interminables, aburridísimos, porque ni siquiera se cruzaban muy a menudo con otros barcos como para hundirlos de buena onda, saquearlos, o retarlos al Pictionary, pues los piratas tienen la particularidad de ser pésimos en cualquier actividad artística como garabatear en un papel (que tampoco tenían).
Otra particularidad de estos hombres bravos, conocedores de los Seis Mares (tampoco sabían contar) es la debilidad por el alcohol. En todas las fiestas de San Patricio, los tripulantes tomaban el timón del barco, y contra toda réplica del pirata menguante, anclaban en el muelle de Irlanda para entregarse a sus atributos más básicos.
El pirata pasaba las vergüenzas de su vida cuando quería conquistar alguna dama ataviada en tonos verdoláceos, y gradualmente sentía que tenía que saltar más alto para acariciarle el pelo. Y como ya no quería ser la anécdota célebre que se repetiría una y mil veces en el barco durante todo el viaje, esta vuelta decidió ponerse un parche doble en los ojos.
Los tripulantes -que eran bastante turros- le buscaron una señorita al cegado pirata, para que entretenga sus afanes durante la velada. Éste, sintiéndose muy seguro de sí mismo, desplegó todos sus encantos ante la mujercita, se sentía todo un latin lover, cada vez más grande, se imaginaba hechizando a una sirena con su melodioso estertor de pirata borracho. Hacía gestos de complicidad a rincones vacíos, donde nuestro amigo suponía que estarían los tripulantes, fascinados por el poder de seducción del valiente pirata. Pero estos san putas estaban matándose de risa desde una mesa, viendo como el inocentón pirata seducía al travesti del barrio.
Vaya desencanto amoroso se llevó el pobre cuando se levantó el parche para contemplar la delicada belleza de la dama…errante, o mejor dicho del barra brava errante, de punta en verde, el pirata se encogió y se encogió, le habían roto el corazón, lo habían herido en su orgullo. Y se achicó y ya no tanto por los matices verdes.
Las damas se enternecen cuando lo ven paseando por los tablones enmohecidos del muelle. Los tripulantes del barco se le ríen al pobre pirata, cuando en medio de un saqueo lo ven huir de cualquier cosa verde. Ni una lima podía permanecer frente a la vista del temible pirata, ni una ensalada de lechugas, hasta el loro había sido desplumado de cualquier vestigio verde.
Lo cierto es que, dentro del barco, desde el rango más alto, hasta el grumete sin nombre, todos lo querían. Y resulta comprensible: siempre se quiere al artífice de las carcajadas en esos viajes interminables, aburridísimos, porque ni siquiera se cruzaban muy a menudo con otros barcos como para hundirlos de buena onda, saquearlos, o retarlos al Pictionary, pues los piratas tienen la particularidad de ser pésimos en cualquier actividad artística como garabatear en un papel (que tampoco tenían).
Otra particularidad de estos hombres bravos, conocedores de los Seis Mares (tampoco sabían contar) es la debilidad por el alcohol. En todas las fiestas de San Patricio, los tripulantes tomaban el timón del barco, y contra toda réplica del pirata menguante, anclaban en el muelle de Irlanda para entregarse a sus atributos más básicos.
El pirata pasaba las vergüenzas de su vida cuando quería conquistar alguna dama ataviada en tonos verdoláceos, y gradualmente sentía que tenía que saltar más alto para acariciarle el pelo. Y como ya no quería ser la anécdota célebre que se repetiría una y mil veces en el barco durante todo el viaje, esta vuelta decidió ponerse un parche doble en los ojos.
Los tripulantes -que eran bastante turros- le buscaron una señorita al cegado pirata, para que entretenga sus afanes durante la velada. Éste, sintiéndose muy seguro de sí mismo, desplegó todos sus encantos ante la mujercita, se sentía todo un latin lover, cada vez más grande, se imaginaba hechizando a una sirena con su melodioso estertor de pirata borracho. Hacía gestos de complicidad a rincones vacíos, donde nuestro amigo suponía que estarían los tripulantes, fascinados por el poder de seducción del valiente pirata. Pero estos san putas estaban matándose de risa desde una mesa, viendo como el inocentón pirata seducía al travesti del barrio.
Vaya desencanto amoroso se llevó el pobre cuando se levantó el parche para contemplar la delicada belleza de la dama…errante, o mejor dicho del barra brava errante, de punta en verde, el pirata se encogió y se encogió, le habían roto el corazón, lo habían herido en su orgullo. Y se achicó y ya no tanto por los matices verdes.
martes, 19 de enero de 2010
Podría ser un diario de guerra
La lluvia y la sangre convierten al campo de batalla en un pantano. El calor es sofocante y la humedad del aire acelera la descomposición de los cuerpos frescos, tendidos. Los vivos por azar, corren y se arrastran por el lodo, esquivando la balacera, saltando a los caídos, ocultos en la cortina de lluvia y humo; un escondite tanto propicio (protege de las miras enemigas) como peligroso (no resguarda de las municiones amigas) y hace del terreno de combate un área de continuos y fugaces estertores de bala y bomba, y de luz fulminante e intermitente.
Tras cualquier fulgor puede sorprender la oscuridad de la muerte. Los gritos de guerra de los soldados a veces se extienden en una letal agonía, a veces quedan ahogados bajo el torrente de balas.
Gritan para dirigir a los compañeros, para reagrupar; gritan para escuchar otro grito amigo, para tener respuesta y saber que no están solos. Gritan porque el silencio de voces da miedo, para sonar más fuerte que las balas. Y para sonar más fuerte los vivos acá, donde impera la muerte.
Tras cualquier fulgor puede sorprender la oscuridad de la muerte. Los gritos de guerra de los soldados a veces se extienden en una letal agonía, a veces quedan ahogados bajo el torrente de balas.
Gritan para dirigir a los compañeros, para reagrupar; gritan para escuchar otro grito amigo, para tener respuesta y saber que no están solos. Gritan porque el silencio de voces da miedo, para sonar más fuerte que las balas. Y para sonar más fuerte los vivos acá, donde impera la muerte.
viernes, 15 de enero de 2010
Naipes
Dicen que existe, en la misteriosa baraja de lo posible, una carta semioculta que espera a lo largo de mil viajes fugaces de bultitos biológicos por el mundo, a un ser digno de descubrirla. Una carta que al momento de girarla, se escapa entre los dedos, se vuela y arrastra al incauto, que desde entonces jamás podrá dejar de desearla, ni de ansiar descubrirla. Así se embarcará en un viaje huracanado, atravesando vientos y vagando mundos. Porque sin ese naipe, su juego está incompleto y vacío.
No muchos tienen el valor que hace falta para seleccionar la carta. Hay quienes ni siquiera se percatan de su existencia y se amoldan al juego establecido por otros jugadores. Ellos ignoran totalmente la posibilidad de algún desvío transgresor, que haga obsoletas a las Reglas de Juego Milenarias que, según dicen, están cinceladas hasta una profundidad desconocida en la piedra más dura, desde que el mundo es mundo. Hay quienes juegan con los naipes que reparte el adversario, sin cuestionarlo y sin sorpresa. Porque así es la cosa. Hay quienes conocen de la existencia de la carta mágica, pero el temor al misterio que oculta es suficiente como para optar por una estructura de juego conocida y mediocre. También hay quienes, al momento de elegir, acercan la mano firme hacia el naipe encantado. Tal vez sin saber. Tal vez el naipe lo elige a uno. Eso no se sabe, pero es ahí cuando el juego comienza a disputarse parejo, entre una fuerza poderosa que se vale de la inercia de su ejército de jugadores grises y sus naipes conocidos, tristes, y otra fuerza de Viajeros Poetas, que eligen navegar a contraviento para descubrir la magia que la carta esconde, y así completar un juego que nunca cierra. Ni nunca va a cerrar, porque la verdad es que la carta mágica en realidad no se atrapa, sirve para que los Viajeros Poetas rieguen al mundo de aires nuevos, de esos que golpean y despiertan, mientras la buscan por ahí.
No muchos tienen el valor que hace falta para seleccionar la carta. Hay quienes ni siquiera se percatan de su existencia y se amoldan al juego establecido por otros jugadores. Ellos ignoran totalmente la posibilidad de algún desvío transgresor, que haga obsoletas a las Reglas de Juego Milenarias que, según dicen, están cinceladas hasta una profundidad desconocida en la piedra más dura, desde que el mundo es mundo. Hay quienes juegan con los naipes que reparte el adversario, sin cuestionarlo y sin sorpresa. Porque así es la cosa. Hay quienes conocen de la existencia de la carta mágica, pero el temor al misterio que oculta es suficiente como para optar por una estructura de juego conocida y mediocre. También hay quienes, al momento de elegir, acercan la mano firme hacia el naipe encantado. Tal vez sin saber. Tal vez el naipe lo elige a uno. Eso no se sabe, pero es ahí cuando el juego comienza a disputarse parejo, entre una fuerza poderosa que se vale de la inercia de su ejército de jugadores grises y sus naipes conocidos, tristes, y otra fuerza de Viajeros Poetas, que eligen navegar a contraviento para descubrir la magia que la carta esconde, y así completar un juego que nunca cierra. Ni nunca va a cerrar, porque la verdad es que la carta mágica en realidad no se atrapa, sirve para que los Viajeros Poetas rieguen al mundo de aires nuevos, de esos que golpean y despiertan, mientras la buscan por ahí.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
