La lluvia y la sangre convierten al campo de batalla en un pantano. El calor es sofocante y la humedad del aire acelera la descomposición de los cuerpos frescos, tendidos. Los vivos por azar, corren y se arrastran por el lodo, esquivando la balacera, saltando a los caídos, ocultos en la cortina de lluvia y humo; un escondite tanto propicio (protege de las miras enemigas) como peligroso (no resguarda de las municiones amigas) y hace del terreno de combate un área de continuos y fugaces estertores de bala y bomba, y de luz fulminante e intermitente.
Tras cualquier fulgor puede sorprender la oscuridad de la muerte. Los gritos de guerra de los soldados a veces se extienden en una letal agonía, a veces quedan ahogados bajo el torrente de balas.
Gritan para dirigir a los compañeros, para reagrupar; gritan para escuchar otro grito amigo, para tener respuesta y saber que no están solos. Gritan porque el silencio de voces da miedo, para sonar más fuerte que las balas. Y para sonar más fuerte los vivos acá, donde impera la muerte.
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