Cuando ve algo verde, el pirata se hace chiquito, muy chiquito.
Las damas se enternecen cuando lo ven paseando por los tablones enmohecidos del muelle. Los tripulantes del barco se le ríen al pobre pirata, cuando en medio de un saqueo lo ven huir de cualquier cosa verde. Ni una lima podía permanecer frente a la vista del temible pirata, ni una ensalada de lechugas, hasta el loro había sido desplumado de cualquier vestigio verde.
Lo cierto es que, dentro del barco, desde el rango más alto, hasta el grumete sin nombre, todos lo querían. Y resulta comprensible: siempre se quiere al artífice de las carcajadas en esos viajes interminables, aburridísimos, porque ni siquiera se cruzaban muy a menudo con otros barcos como para hundirlos de buena onda, saquearlos, o retarlos al Pictionary, pues los piratas tienen la particularidad de ser pésimos en cualquier actividad artística como garabatear en un papel (que tampoco tenían).
Otra particularidad de estos hombres bravos, conocedores de los Seis Mares (tampoco sabían contar) es la debilidad por el alcohol. En todas las fiestas de San Patricio, los tripulantes tomaban el timón del barco, y contra toda réplica del pirata menguante, anclaban en el muelle de Irlanda para entregarse a sus atributos más básicos.
El pirata pasaba las vergüenzas de su vida cuando quería conquistar alguna dama ataviada en tonos verdoláceos, y gradualmente sentía que tenía que saltar más alto para acariciarle el pelo. Y como ya no quería ser la anécdota célebre que se repetiría una y mil veces en el barco durante todo el viaje, esta vuelta decidió ponerse un parche doble en los ojos.
Los tripulantes -que eran bastante turros- le buscaron una señorita al cegado pirata, para que entretenga sus afanes durante la velada. Éste, sintiéndose muy seguro de sí mismo, desplegó todos sus encantos ante la mujercita, se sentía todo un latin lover, cada vez más grande, se imaginaba hechizando a una sirena con su melodioso estertor de pirata borracho. Hacía gestos de complicidad a rincones vacíos, donde nuestro amigo suponía que estarían los tripulantes, fascinados por el poder de seducción del valiente pirata. Pero estos san putas estaban matándose de risa desde una mesa, viendo como el inocentón pirata seducía al travesti del barrio.
Vaya desencanto amoroso se llevó el pobre cuando se levantó el parche para contemplar la delicada belleza de la dama…errante, o mejor dicho del barra brava errante, de punta en verde, el pirata se encogió y se encogió, le habían roto el corazón, lo habían herido en su orgullo. Y se achicó y ya no tanto por los matices verdes.
Las damas se enternecen cuando lo ven paseando por los tablones enmohecidos del muelle. Los tripulantes del barco se le ríen al pobre pirata, cuando en medio de un saqueo lo ven huir de cualquier cosa verde. Ni una lima podía permanecer frente a la vista del temible pirata, ni una ensalada de lechugas, hasta el loro había sido desplumado de cualquier vestigio verde.
Lo cierto es que, dentro del barco, desde el rango más alto, hasta el grumete sin nombre, todos lo querían. Y resulta comprensible: siempre se quiere al artífice de las carcajadas en esos viajes interminables, aburridísimos, porque ni siquiera se cruzaban muy a menudo con otros barcos como para hundirlos de buena onda, saquearlos, o retarlos al Pictionary, pues los piratas tienen la particularidad de ser pésimos en cualquier actividad artística como garabatear en un papel (que tampoco tenían).
Otra particularidad de estos hombres bravos, conocedores de los Seis Mares (tampoco sabían contar) es la debilidad por el alcohol. En todas las fiestas de San Patricio, los tripulantes tomaban el timón del barco, y contra toda réplica del pirata menguante, anclaban en el muelle de Irlanda para entregarse a sus atributos más básicos.
El pirata pasaba las vergüenzas de su vida cuando quería conquistar alguna dama ataviada en tonos verdoláceos, y gradualmente sentía que tenía que saltar más alto para acariciarle el pelo. Y como ya no quería ser la anécdota célebre que se repetiría una y mil veces en el barco durante todo el viaje, esta vuelta decidió ponerse un parche doble en los ojos.
Los tripulantes -que eran bastante turros- le buscaron una señorita al cegado pirata, para que entretenga sus afanes durante la velada. Éste, sintiéndose muy seguro de sí mismo, desplegó todos sus encantos ante la mujercita, se sentía todo un latin lover, cada vez más grande, se imaginaba hechizando a una sirena con su melodioso estertor de pirata borracho. Hacía gestos de complicidad a rincones vacíos, donde nuestro amigo suponía que estarían los tripulantes, fascinados por el poder de seducción del valiente pirata. Pero estos san putas estaban matándose de risa desde una mesa, viendo como el inocentón pirata seducía al travesti del barrio.
Vaya desencanto amoroso se llevó el pobre cuando se levantó el parche para contemplar la delicada belleza de la dama…errante, o mejor dicho del barra brava errante, de punta en verde, el pirata se encogió y se encogió, le habían roto el corazón, lo habían herido en su orgullo. Y se achicó y ya no tanto por los matices verdes.

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