lunes, 17 de octubre de 2011
viernes, 8 de julio de 2011
sábado, 2 de julio de 2011
¿En qué otra dimensión se está pudriendo
aquella ciudad que descubrimos tú y yo
oculta en esta misma ciudad,
por dentro?
¿Dónde está aquel valle de gigantes, que una vez
a ti y a mí se nos rindieron?
¿Qué hiciste de la esencia misteriosa
que nos hizo regalar mil mariposas
al viento?
¿Qué te pasó, conquistador
de aquellos rumbos?
¿Qué le ha ocurrido a tu llovizna,
que no cae hoy?
¿Dónde fue a parar tanta poesía?
¿Qué hiciste de tu adarga, tu armadura?
¿En qué caverna habitaré en lo adelante?
¿Dónde fue que desapareciste?
¿Dónde está tu mundo, tu montaña, tu valor?
¿Por qué caminos anda hoy Rocinante?
¿Y ahora qué será de aquel castillo sin reloj,
cuando el tiempo lo descubra, lo destruya,
lo borre?
¿Qué me recomiendas, caballero del honor,
para encontrar tus huellas en la senda?
¿A cuál cementerio de elefantes te llevó
tu paso de animal con grave herida,
vencido?
¿Qué te pasó, conquistador
de aquellos rumbos?
¿Qué le ha ocurrido a tu llovizna,
que no cae hoy?
¿Quién te venció que no lo supe,
quién te hizo pedazos, Don Quijote?
viernes, 1 de julio de 2011
De las Utopías y las dictaduras



El miedo quiso desplegar su manto sobre las esquinas, que nadie se abrace.
Cambió la orquesta irregular de miles de andares que hacían la calle
por la marcha reverberante de las botas.
Las calles ya no son para encontrarse.
Tema a su vecino, a su compañero.
¿O usted sabe lo que puede estar haciendo en este momento?
El asesinato de las imágenes
Porque cuando se habla de Utopías, acá y en todo el mundo, no puede dejar de hablarse de los intentos de desarticulación, de las voluntades de desterrarlas de los imaginarios sociales, y del aparato desplegado para cumplir ese objetivo de muerte: fagocitar la capacidad de un pueblo de generar sus propias imágenes.
Porque hablar de utopía es indisociable de hablar de dictaduras, como un ejercicio de memoria, y porque esas dos palabras signaron la vida y la muerte de los que se levantaron y empuñaron sus biromes contra la maquinaria del miedo, esta nota está atravesada por ambos conceptos: Utopías y dictaduras.
La cara irreverente de nuestra historia, la que irrumpe, maleducada y llena de energía frente a la historia oficial, está escrita por los eternos vencidos, los que luchan toda la vida, los que recogen las palabras de los luchadores muertos en combate. Palabras vociferadas que quiebran el estado cristalizado del horror y la morbidez del espanto, palabras empuñadas para enfrentarse a la muerte, palabras que la verdadera historia alguna vez abrazará del todo.
La historia oficial es un discurso instalado que se adhiere cada vez más al saber a través de su reproducción, en el diseño curricular de las escuelas, en las prácticas de ciertas instituciones, en los discursos de ciertas figuras públicas referenciales, modeladoras de la opinión pública. En tanto circule, se imprima, se lea, se acate y se acepte la historia instituida, escrita por los ganadores eternos, menos posibilidades habrá de crear nuevas alternativas de mundo. De saber que esa posibilidad existe. Que se puede construir sin dejar a nadie afuera.
El aparato de muerte de la dictadura se vale sobre todo de la máquina mediática para instalar más profundamente el mensaje alienador. “No te metas”, “Silencio es salud”, “¿Usted sabe qué están haciendo sus hijos en este momento?”.
Porque no basta con matar, torturar, hacer y deshacer. Tampoco declarar flagrantemente la suciedad uniformada. Sólo basta con sembrar una pequeña certeza sobre algo que la sociedad quiere evitar creer. La gente se aliena y prefiere no ver, ser buen ciudadano, apostar a la seguridad antes que al peligro de saber y denunciar. Mejor no atreverse. Mejor dejarse transcurrir a través de los días, y si es en un escenario manchado con la sangre del vecino, se borrará con el tiempo. Seguro que andaba en algo.
Entonces se transmite un mensaje incompleto, que dispara una duda, y se completa subjetivamente al interpretar los hechos: La gente que de golpe desaparece, o se muere en un accidente.
El miedo se hace grande, paraliza, no puede hablarse ni nombrarse. Y al estar impedido el pueblo de poner nombres a las cosas, pierde la capacidad de dominio, de aprehensión. El miedo, así, no puede explicarse. No tiene una entidad establecida, de límites acotados. El miedo crece, es pánico, es horror, es peor que todo eso porque no tiene nombre. Avanza. Y cuando avanza, esa sensación inexplicable, innombrable, fuera del discurso, repercute en el discurso de lo que todavía puede nombrarse.
Empieza a fagocitar cualquier asomo de idea. Da miedo tener ideas, está mal. Crece la sensación de culpa, de que todo lo que se hace es incorrecto y subversivo. Crece también la sensación de sentirse vigilado por las paredes.
Las utopías nacen de las ideas, de la proyección, de imaginar un futuro construido entre todos, comunicado, socializado, hablado. Una dictadura discursiva intentará desactivarlas, empezando por establecer, dictaminar, que se puede decir y que no. Qué será vaciado de sentido, qué será expulsado del imaginario, proscripto en el lenguaje.
Este artículo simplemente fue un pobre intento de homenaje para esos luchadores atormentados de sentido que en la calle y en sus escritorios impidieron que las palabras se vacíen de significado.
miércoles, 25 de mayo de 2011
Por Manolo y el placer de jugar*
Quiero dedicar este premio a la memoria de Josep Sunyol, el presidente del Barça que en 1936 fue asesinado por los enemigos de la democracia.
Y también quiero rendir homenaje a los deportistas peregrinos, que un año después, en 1937, encarnaron la dignidad, malherida pero viva, de toda España. Me refiero a los jugadores del Barça, que en 1937 recorrieron los Estados Unidos y México, disputando partidos de fútbol en beneficio de la República, y a la selección de jugadores vascos, que hizo lo mismo en varios países europeos.
Por ellos me emociona recibir este premio, por ellos y también por los jugadores del Barça de nuestros días, dignos herederos del Barça de aquellos años: este premio que, por si todo eso fuera poco, lleva el nombre de mi entrañable amigo Manolo Vázquez Montalbán.
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Con él hemos compartido varias pasiones.
Futboleros los dos, y los dos zurdos, zurdos para pensar, creímos que la mejor manera de jugar por la izquierda consistía en reivindicar la libertad de quienes tienen el coraje de jugar por el placer de jugar en un mundo que manda jugar por el deber de ganar. Y en ese camino hemos intentado combatir los prejuicios de mucha gente de derechas, que cree que el pueblo piensa con los pies, y también los prejuicios de muchos compañeros de izquierdas, que creen que el fútbol tiene la culpa de que el pueblo no piense.
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También nos identificamos, Manolo y yo, en el placer de la ironía y la risa franca y todas las formas del humor, en nuestras maneras de decir lo que pensamos y lo que sentimos, en los artículos y en los libros y en las charlas de café. Porque no son dignos de confianza los solemnes caballeros, ni las damas ejemplares, que no son capaces de tomarse el pelo; y ni Manolo ni yo confundimos el aburrimiento con la seriedad, como también ocurre con otros colegas de ideas políticas parecidas a las nuestras.
Y conste que no hablo en tiempo presente por error ni por descuido, sino porque fuentes bien informadas me han asegurado que la muerte no es más que un chiste de mal gusto.
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Y otro espacio compartido, muy importante para los dos: la reivindicación de la buena comida como una celebración de la diversidad cultural.
Bien decía Antonio Machado que ahora cualquier necio confunde valor y precio, y aquel ahora del poeta es también nuestro ahora, porque lo mismo ocurre en nuestros días.
La mejor comida no es la más cara y bien lo ha dicho Manolo, que más bien ocurre que la comida más cara no es más que una trampa engañabobos.
Y yo también creo, como él, que el derecho a la autodeterminación de los pueblos incluye el derecho a la autodeterminación de la barriga. Y es más que nunca necesario defender ese derecho, más que nunca, en estos tiempos de obligatoria macdonaldización del mundo, cada vez más desigual en las oportunidades que brinda y cada vez más igualador en las costumbres que impone.
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Y hasta aquí llegué. Porque yo sé que cuando bebo demasiado corro el grave riesgo de decir estupideces, y yo quise alzar estas palabras como si fueran copas de vino, un buen vino tinto de por acá, para brindar con Manolo y por Manolo: una manera de beber
por la dignidad humana y por la solidaridad,
por el placer de jugar y la alegría de ver jugar cuando se juega limpiamente,
por la alegría de estar juntos y por el pan y el vino compartidos,
por los soles que cada noche esconde
y por todas las pasiones, a veces dolorosas, que dan rumbo y sentido al viaje humano, al humano andar,
al vent del món.
* Palabras del escritor uruguayo al recibir el Premio Internacional de Periodismo Manuel Vázquez Montalbán, otorgado por la Fundación Fútbol Club Barcelona y el Colegio de Periodistas de Catalunya, ayer, en el Palau de la Generalitat de Barcelona.
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-168797-2011-05-25.html
lunes, 16 de mayo de 2011
1 ¿Cuántas historias hay en
2 Entre esos “caminos abiertos” ahora sepultados estaba, por supuesto, el de los qom/tobas, así como el de cientos y cientos de esos pueblos que, en efecto, estaban ab origem (en el comienzo). Allí había, por ejemplo, mitologías y cosmogonías que no por no responder al logos hoy totalmente tecnificado de la ciencia moderna dejaban de bucear en el sentido de un universo enigmático. Pero también había –porque para ellos formaba parte de una totalidad compleja y diversa pero integral– formas de producción, de cooperación social, de organización política y económica sustantivamente democráticas que incluían un profundo respeto por la tierra y la naturaleza, y que eran desde ya estructuralmente incompatibles con el avance del capital agrario transnacionalizado, de la invasión sojera, de la minería contaminante, de la especulación territorial y financiera global. Tenían que ser sepultadas, y lo fueron. Se perdió así un “modelo”, entre tantos otros posibles, radicalmente alternativo a “lo que hay”. Un modelo que –como explicaba el heterodoxo antropólogo francés Pierre Clastres– no es el de una sociedad sin política, sino el de una sociedad contra la política entendida como el gerenciamiento represivo de los negocios de las clases dominantes; no una sociedad sin “excedente de producción”, sino contra el excedente de producción que implica la mercantilización de todo lo existente y el consumismo desenfrenado. Que se nos entienda bien. No se trata de hacer demagogia romántica, de alucinar un retorno a algún paraíso del “buen salvaje” (que bien puede ser la versión “progre” del etnocentrismo colonial). Pero sí de entender, mediante el “caso” qom, tomándolo como “analizador”, que en nuestro planeta puede haber otras cosas que el “modelo” capitalista/neodesarrollista, que podrá tener algunas ventajas respecto del neoliberalismo conservador más (él sí) “salvaje”, pero que no por eso deja de pertenecer a la misma lógica de destrucción de lo que no se someta a ella. Las comunidades qom –así como tantas otras, insistimos– han perdido la mayor parte de sus tierras, han sido dispersadas, “desterritorializadas” (como gustan decir los “pensadores” posmodernos, creyendo que eso es siempre algo bueno; y quizá lo sea... en París), sus miembros se han visto obligados a “ingresar” al mercado de superexplotación de la fuerza de trabajo. Por la puerta más chica, claro: en general, pasando a formar parte de la ocupación “informal” (una palabra repugnante por su frivolidad: como si se dijera que se visten “informalmente”), es decir fuera del mundo, que todavía está rayana en cerca del 40 por ciento de la fuerza de trabajo. Eso, en el mejor de los casos; en el peor, condenados al hambre, la miseria, la desesperación dentro del (in)mundo. Y, como se ha visto en los últimos meses, al asesinato sumario. Caídos en lo peor de todos los infiernos: tras el despojo, el racismo, y tras este desclasamiento, aún antes de haber entrado a su nueva “clase”, y finalmente la liquidación física. El punto de cruce perfecto entre la “historia” de medio milenio de genocidio y la “modernidad” de la explotación clasista más actual. Lo de los qom no es una anécdota o un conflicto coyuntural: es un símbolo universal.
3 En este diario, en los últimos días, se publicaron dos muy atendibles artículos sobre el problema qom, a cargo de Washington Uranga y de Mempo Giardinelli. Son atendibles, entre otras razones, porque sus autores se declaran simpatizantes, en muchos aspectos, del actual gobierno argentino. Sin embargo, no retroceden ante el imperativo de una dura crítica a las máximas autoridades de ese gobierno por su silencio ante las justísimas demandas qom. Es un rasgo de encomiable consecuencia, o, como se decía en otras épocas, de coraje cívico. Demuestra que un intelectual puede y debe ir más allá de sus adhesiones inmediatas cuando hay que poner el dedo en una llaga dolorosa. Pero me permito, muy humildemente, proponer que hundamos el dedo a fondo. Hasta el codo. Y me temo que entonces tendríamos que decir algo bien antipático y aguafiestas: con cualquier variante del actual “modelo” de acumulación capitalista mundial –y nuestro país sigue estando, con sus peculiaridades, allí, ¿o no?–, el problema qom no tiene solución de fondo posible. Se puede, y se debe, pelear para que las autoridades nacionales los reciban, los escuchen, les den, sí, la razón que ya tienen, les devuelvan sus tierras, lo que fuera. Tal vez, incluso, todo eso se consiga –aunque habrá que luchar muchísimo–. Pero en algún momento nos encontraremos con un paredón infranqueable: en lo inmediato, será con el sistema de alianzas políticas y económicas que esas autoridades no parecen muy dispuestas a romper, incluyendo a alguna gobernación que es por lo menos políticamente responsable de los despojos y las muertes; en lo más mediato, con aquel “modelo” de acumulación que lleva inscriptos constitutivamente estos agujeros negros (el de los qom es sólo uno) que está “por naturaleza” incapacitado para clausurar. La “mancha” qom sobre la 9 de Julio es un corte a los entusiasmos desmesurados y acríticos. Es así. Habrá que hacerse cargo, y extraer las consecuencias que cada cual crea pertinentes.
4 En todo caso, hay una de esas consecuencias que ya no se puede ocultar más: el Occidente capitalista del cual seguimos, con los matices que se quieran, formando parte –no se ha escuchado todavía que el “modelo” contemple la alternativa de lo que Samir Amin llamaba la “desconexión”– está entrando en estado de crisis terminal, como se puede leer todos los días en las noticias europeas o norteamericanas. El colapso económico –que aceleradamente, también todos los días, precipita en la pobreza a las masas más desprotegidas de los imperios– se combina siniestramente con la exacerbación del racismo, frecuentemente homicida, contra la inmigración proveniente de aquellas otras “historias” que esos imperios fagocitaron. Ellos tienen sus propios qom. Mientras tanto, las cosas realmente interesantes, la posibilidad de nuevos “caminos abiertos”, también se está gestando en ese “afuera” de las otras historias, aun con todas sus contradicciones, incertidumbres, brumosidades: en las rebeliones del mundo árabe (que también son, o pueden devenir, rebeliones contra ese Occidente capitalista que durante décadas sostuvo a los déspotas sobre sus barriles de petróleo), o en los esfuerzos latinoamericanos –ante todo de los pueblos, más que de los gobiernos– por interrogar críticamente todo lo que en las últimas décadas parecía no tener vuelta, y por recuperar la multiplicidad de sus historias plurales. Tal vez el camino, alguna vez “abierto”, del Occidente único amo de
* Sociólogo, profesor de Teoría Política (UBA)
